Del frío al calor

Lámpara especial articulada para La Xampañería. 
Barcelona, 1981.

Del frío al calor

Una evocación de Gabriel Ordeig en la “noche diseñada”. Por Llàtzer Moix.

“Si te acuerdas de los 80 es que no los viviste”, suele afirmar mi amigo R. Lo dice porque los 80 le pillaron en una época de juventud, vida nocturna y excesos que dañan la memoria. Yo también viví esos 80 y, en consecuencia, he olvidado algún que otro detalle. Pero todavía estoy en condiciones de recordar varios escenarios de la noche de los 80 en Barcelona; escenarios que fueron los de Gabriel Ordeig, que influyeron en su labor profesional, y que también fueron influidos por ésta.

Me acuerdo de que las noches de esa época podían empezar en el bar Zig-Zag, en la calle Platón, esquina Muntaner. Este local, paradigma de la onda fría, ganó en 1980 el FAD de interiorismo, copado en años inmediatamente anteriores por proyectos inspirados en casinos de pueblo y arquitecturas coloniales… El Zig-Zag rompió con ese imaginario decimonónico de palmeras y barras de caoba, marcó nueva tendencia.

Me acuerdo de que uno entraba en el Zig-Zag por una puerta de bajo dintel, descendía por dos tramos de escalones, dejaba los lavabos a la izquierda y se adentraba en un local largo y estrecho, pintado en grises azulados y azules agrisados. Una barra en forma de u, orlada con taburetes, y un banco corrido, con sus mesas y sus sillas de terraza, integraban todo el mobiliario inicial de la sala, inmersa en una característica luz fría. Los ánimos los calentaban la música –excelente- y las copas. Y, claro está, los amigos y las amigas que, noche tras noche,
convertían el local en una concurrida sala de estar colectiva.

La onda fría caracterizó la primera identidad de lo qu más tarde se conoció como la “noche diseñada”: una constelación de bares proyectados por jóvenes diseñadores y arquitectos, que conquistaron este territorio, ignorado por sus mayores, e hicieron de él un campo para la experimentación y la afirmación profesional. El país despertaba de un letargo de cuarenta años y perseguía cierta modernidad, que se identificó con esa onda de líneas depuradas, esenciales, y con una iluminación parecida a la que baña la oscuridad de la cocina cuando, de noche, abrimos la puerta de la nevera.

Otros locales, como la coctelería 33, en la calle Santaló, o la champañería de la calle Trompetes, abundaron en esta estética, acaso con materiales algo más nobles, pero con luces, en mayor o menor medida, alejadas de la calidez.

Recuerdo también que, ya en aquellos días, llameaba en el corazón de los jóvenes diseñadores cierta idea del confort, del color, del terciopelo. Eso se intuía en el aprecio que la tropa noctámbula de la época sentía por un local tan rústico como el Gobblins de la calle el Berlinés, viejo pub inglés escasamente maquillado; y eso se confirmó plenamente cuando abrió el Gimlet de la calle Rec, y de inmediato fue frecuentado en masa por la ya mencionada tropa, que se sentía muy a gusto en una escenografía de madera, con tenues lamparitas de pared que parecían alimentadas con gas, y donde la modernidad se manifestaba en una atmósfera similar a la de un cuadro de Edward Hopper.

Collage.

Pero acaso la síntesis más afinada y preciosista entre la frialdad inicial y el confort soñado se materializó en el Bijou de la calle Lluís Antúnez, proyectado por Gabriel Ordeig y Tonet Sunyer (que compitió por el FAD de interiorismo en el 83). Local minúsculo, minoritario –una docena de clientes lo colmaban–, el Bijou era tan reducido que no poder permitirse abrir una puerta convencional, razón por la que instaló una corredera de cristal, accionada por célula fotoeléctrica. Tras esa puerta tecnológica, de laboratorio, se desplegaban ante el visitante, como al otro lado de un escaparate de joyería, maderas nobles, espejos, taburetes tapizados con piel de vaca, una barra que invitaba a posar los codos sobre ella, y una reluciente, monumental cascada de botellas… Coronaba dicha cascada una hermosa frasca de cristal tallado, presuntamente llena de brandy «hors d’age»… que Fernando, el camararero (otro lujo del local, procedente por cierto del Zig-Zag), había rellenado previamente de Coca-Cola…

¿Un signo de la impostación general? No: una prueba de que todo en el Bijou respiraba sofisticación, sumergida en una luz teatral, quizás ya más tibia que fría: la última depuración en ese viaje desde el frío hacia el calor que marcó la trayectoria de Ordeig, y que hoy nos permitiría evocar su obra con el fuego frío de la trompeta de Chet Baker.

Luego vendrían otros locales de Ordeig, como «Al Dente» o el «Sí-Sí-Sí», más mediterráneos y alegres. Pero la noche diseñada había tomado ya otro rumbo, recargado, abarrocado, que culminaría en locales como Las Torres de Ávila. Sería otra fase, posterior al Bijou: a ese momento de equilibrio inestable, pero crucial, en el que cada cual recibe, escruta y juega sus cartas, quizás de un modo intuitivo, pero, mediando el inexorable destino, también decisivo.

Al seguir las huellas de Gabriel Ordeig en la noche de los 80, he recuperado otras imágenes, de corte más personal: veo a Gabriel enlazando la cintura de Nina Masó, ambos de espaldas a la cámara, contemplando unos fuegos artificiales, verdes y anaranjados, que dibujan sus nombres sobre el cielo anochecido de un balneario; le veo sonriendo, de nuevo junto a Nina, en una foto feliz que yo mismo tomé durante un pic-nic en Castelldefels; veo al Gabriel que transformó una casa de veraneo compartida en Estellencs; al que me traía a «El Correo Catalán» sus primeras colaboraciones en prensa; al que, ya avanzada una de tantas veladas en el Astoria, parecía que iba a desvelar sus secretos y, de repente, en un quiebro final, enmudecía y prefería resguardarlos tras una mueca irónica; y veo también al Gabriel que una tarde, en el desordenado taller de la calle Córcega, echando mano de su peculiar poética, me definió la «Colilla» –y quizás algo más que la «Colilla»– como «la luz para los que quieren estar sin luz».

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