Decía Federico Correa que para ser arquitecto no era necesario saber dibujar, aunque admitía que a él se le daba francamente bien. Virtuoso de los lápices de colores, tenía una asombrosa facilidad para proyectar en perspectiva cónica en base al proyecto que imaginaba, dando así forma (y color) a su interpretación de la herencia arquitectónica del Movimiento Moderno.

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